Alfredo Guido inició su formación en la Academia de Mateo Casella, quién dictaba clases con modernos métodos en la época. El maestro italiano radicado en nuestra ciudad a principios del siglo XX, contaba con una formación integral tanto técnica como teórica. Era pintor, decorador, escenógrafo y transmitió a sus alumnos esta diversidad de formas expresivas.
Resultado de ésta labor docente, su alumno Alfredo Guido, se convirtió en destacado pintor de caballete, grabador, ceramista, muralista –con ecos de monumentalidad mejicana- en las variantes de vitrales, paneles aplicados y frescos, escenógrafo, coreógrafo de espectáculos y comedias teatrales y docente. En 1912 ingresó a la Academia Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires donde fue alumno de Pío Collivadino y de Ripamonte. Desde 1913 concurrió al Salón Nacional, siendo premiado por primera vez en 1924. En 1915 se le otorgó una beca para viajar a Europa, viaje que no pudo disfrutar por causa de la primera Guerra Mundial.
Poseedor de solidez académica, realizó trabajos técnicamente impecables, e interesado por el arte moderno introdujo renovaciones en el lenguaje plástico vigente revitalizando las técnicas tradicionales. Se lo reconoce como un creador del lenguaje propio, que alcanzó resultados de óptima calidad, valiéndose de medios versátiles y de una profusa riqueza cromática para expresarse. Esto le valió que en 1937 José León Pagano en su obra titulada “El Arte de los Argentinos”, lo definiera como uno de los “artistas más completos”.
En Rosario se destacó por su prolífica producción. Se vinculó a instituciones oficiales, privadas, entidades gremiales y familias que solicitaban su trabajo como artista. Además, interactuó en los círculos locales renovadores de su tiempo en los que se encontraban personalidades políticas y culturales como Lisandro de la Torre, Enzo Bordabere, Juan Castagnino, Hilarión Hernández Larguía, y muchos otros como integrantes del El Círculo, de la Federación Agraria Argentina, o personas que ocuparon cargos en la Intendencia y el Consejo Municipal de Rosario.
Firmó el acta de creación del Museo de Bellas Artes, acto concretado el 15 de Enero de 1920, en Santa Fe 835. Integró la Comisión Municipal de Cultura como vocal; actúo como jurado en los salones locales, y desarrolló tareas en la entidad, tales como la realización de las tapas de sus catálogos, sin dejar de presentar obras a los mismos.
Participó activamente en la Revista El Círculo, llegando a codirigirla junto a Fernando Lammerich Muñoz. Sus viñetas, orlas e ilustraciones que pueden apreciarse en la colección de esa publicación, siguen siendo síntesis de diseño gráfico y reflejan su estilo ajustado a la renovación del lenguaje plástico.
También contribuyó con los trabajos para la Federación Agraria Argentina, para familias particulares, cuyo caso paradigmático, es la del Dr. Teodoro Fracassi y por pedido del Gobierno Nacional durante la presidencia del Dr. Irigoyen para realizar la decoración del stand de Argentina de la Feria Internacional de Sevilla, actualmente en el interior de la escuela Normal 2 de Rosario.
La pujanza material de Rosario, sus viajes por América del Sur, su adhesión al nacionalismo en los años 20, y sus vínculos con activas personalidades del medio local, lo llevaron a sustentar en sus producciones la idea de convertir a Rosario en la “Atenas”, como alternativa a Buenos Aires ,considerada “Cosmopolita, ultramoderna y sin estilo”. Para el grupo entre los que se encontraba Alfredo Guido Rosario representaba “el interior nativo, poético con su sello de hondo americanismo donde se ha recogido el alma autóctona”.
El símbolo de esta idea fue plasmada en los muros del techo de la ex sede de la Federación Agraria Argentina, entidad representativa de los agricultores y de los frutos del trabajo de la tierra americana. Estos aspectos constituían para Guido la base de nuestra nacionalidad: la confluencia hombre europeo con el originario en torno a la cultura occidental y la tradición americana. Estos postulados habían sido desarrollados por Ricardo Rojas en su obra titulada Eurindia. Su denodado criterio americanista también, fue estampado en grabados donde registraba con rigurosa exactitud la documentación arquitectónica del barroco ibero-americano.
El edificio actual de la Sala Lavardén de Rosario (1926), que después de la crisis del 30 pasó a jurisdicción del gobierno Nacional, y luego de 1994, a la Provincia de Santa Fe, es producto del proyecto del arquitecto Juan Durand, construido por Candia y Cía.
El ingreso de Mendoza 1085 presenta en el interior de un círculo la figura de un hombre con características físicas europeas que se eleva hacia una zona de luz, portando una antorcha que ilumina el camino de innumerables trabajadores de cultura, y desarrollo material. A sus pies las herramientas de trabajo, hoces, arados, azadas, guadañas, etc.
En la Sala central, una escena representa una asamblea presidida por Palas Atenea en la que participan las expresiones materiales y culturales de la región.
La Diosa griega según la mitología nació de la cabeza del Dios Zeus, razón por la cual era reconocida diosa de la inteligencia, la mesura y la paz. También era identificada como la defensora de las artes, la literatura, la filosofía y como protectora de las tejedoras, hilanderas, y bordadoras. Presidía las asambleas y por ser diosa de la reflexión inspiraba la elocuencia de los oradores, la prudencia, en los juicios, el comportamiento tranquilo, y la sensatez de los guerreros. Su presencia representaba la lucha justa y racional, con el objeto de defender elevados ideales, divulgar la cultura, establecer la paz, y asegurar el orden.
En Rosario fue impulsada la conformación de ateneos desde fines del siglo XIX, con fines educativos, culturales que encontraron con amplia aceptación y participación en la sociedad local.
Guido representó a la deidad griega con el torso descubierto y sus clásicos atributos. Portando escudo –decorado con motivos americanos- y lanza, casco con cimea. En la diosa local, sustituyo la égida por un textil nativo de vivo color amarillo, y la representó la humilde actitud recibiendo las ofrendas del hombre de campo, el inmigrante. Sobre su cabeza revolotean aves blancas, bien parecen palomas representando la paz conquistada con los frutos de su trabajo, bien gaviotas que traen la nostalgia del viaje que los alejó de su tierra de nacimiento. En el otro extremo, una mujer americana ofrenda una cesta repleta de frutas tropicales y aves nativas.
En el fondo de la tela aplicó la técnica divisionista del color, incorporada por Guido con rigor académico, en el Taller de su maestro italiano, con el objeto de conseguir planos de una cromatización irisada.
En resto del techo representó cuatro alegorías en las que convocó a Las Letras con sus manifestaciones en la prosa, la poesía, el teatro y características máscaras de la tragedia griega y los rituales americanos. Las Artes Plásticas, en la que incluyo a las artes mayores –como eran consideradas- la arquitectura, la escultura y la pintura en el mismo nivel que las artesanías americanas con sus características propias.
La Música representada por un personaje central que ejecuta la lira y a un costado dos mujeres que cantan, mientras en el otro extremo un hombre moreno, ataviado con coloridos, poncho y chullu, toca un sikuri. En esta representación también suman a la música clásica, elementos culturales y sonidos indígenas. Y por último, La Ciencia y el Conocimiento que fomentan el progreso material de la sociedad.
Sin duda, este trabajo nos muestra cómo Alfredo Guido, consustanciado con su época se valía del arte como herramienta para expresar a través de sus condiciones artísticas, ideas y proyectos de un sector social representativo de aquel período histórico de Rosario.
Mirta Sellares
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